Hace mucho tiempo, había un cazador que después de un largo día en el bosque, regresaba a su hogar con la cena. Su nombre era Jork y estaba demasiado contento.
—Al fin llegué a mi cabaña. Han pasado 2 semanas desde que me fui. Bueno, es hora de preparar la cena.
Jork fue al bosque a cortar árboles para hacer leñas y, de repente, éste se oscureció haciéndose de noche. Terminó perdiéndose en el camino sin luz.
—Qué mal, ya es de noche. No veo nada, todo este lugar está oscuro. Será mejor encontrar refugio por hoy.- dijo frustrado.
Jork estuvo varias horas caminando por los caminos boscosos y engañosos, hasta que encontró una cabaña de buen estado donde poder pasar la noche.
—Qué lindo lugar – opinó para si – es perfecta para poder descansar, espero que sus dueños no se molesten por ello.
La puerta de aquella cabaña estaba misteriosamente abierta y no parecía haber nadie, por lo que decidió entrar y dormir un poco en cualquier habitación. Una vez adentro se sorprendió al ver los cuartos completamente vacíos, y lo peor, los horribles cuadros que colgaban en las paredes, con criaturas deformes pintadas con perturbador detalle que parecían haber salido de una pesadilla oscura.
—Pero… ¿qué demonios? Esos cuadros dan demasiada mala espina. Pero, soy un hombre de cabaña y no le tengo miedo ni siquiera a morir, mejor descanso y así tal vez olvidaré lo que pasó al mediodía.
Al día siguiente, la brillante luz del sol despertó al cazador. Qué raro ¿no crees?
—Que horrible noche tuve, esos malditos cuadros no me dejaron pegar ni una pestaña… Pero ¿qué diablos…?
Cuando Jork miró a su alrededor. Se dio cuenta de que aquella misteriosa cabaña no tenía ni un solo cuadro, sólo ventanas.








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